Memoria de las científicas exiliadas

Autoría: Carmen Magallón

Al leer que Margarita Salas, nuestra más célebre científica, investigadora en Biología Molecular y primera mujer admitida, en 1988, en la Real Academia de Ciencias, ha recibido el Premio Mujer Líder 2009, he pensado en las científicas que le precedieron y que nunca llegaron a ser reconocidas: las pioneras en la ciencia española, que vieron sus aspiraciones profesionales truncadas por una guerra que les envió al exilio. Por citar solo algunas: Teresa Toral Peñaranda, química, encarcelada en Las Ventas tras la guerra; la médica aragonesa Amparo Poch, fundadora de la revista Mujeres Libres, exiliada en Francia; Dorotea Barnés González, hija de un ministro de Educación de la Segunda República, introductora en este país de la Espectroscopía Raman, exiliada en Francia; Dolors Canals, bióloga exiliada en Cuba…

Es justo reconocer el mérito de Margarita Salas. Alumna de Severo Ochoa, fue una de las primeras que pudieron desarrollar su brillante carrera sin barreras insalvables, lo que no quiere decir que le resultara fácil. Cuando nació, en 1938, las científicas de la etapa republicana, pioneras en el tiempo, ya estaban formadas y trabajando, y algunas habían salido o estaban a punto de salir al exilio. Tras el esfuerzo adicional que les había supuesto irrumpir por primera vez en un espacio tan masculino como eran los laboratorios de principios del siglo XX, la diferencia entre los científicos y las científicas en el exilio es que la mayoría de estas no pudieron continuar sus investigaciones y sólo algunas llegarían a ejercer la docencia.

El debate que ha dado lugar a la Ley de la Memoria Histórica ha abierto también la oportunidad de dar reconocimiento a los grupos humanos que sufrieron la derrota de aquella guerra fratricida, a la que no habría que llamar civil. La gran mayoría de mujeres de ciencia exiliadas murieron sin ser reconocidas. Ya sin su presencia, se llevaron a cabo algunos actos, en ámbitos valiosos pero restringidos: en la Residencia de Estudiantes y en el Instituto Internacional, en Madrid. Fueron actos posteriores, recuerdos no integrados en los que se dedicaron a los científicos exiliados. Y tampoco tuvieron el eco que estas señoras merecían.

Recientemente y como excepción, Adela Barnés, química exiliada en México, y su hermana Ángela, historiadora, sobrepasando ambas los 90, recibían en vivo el cariño de la Universidad Complutense.

Fueron también escasas las que pudieron ver sus contribuciones a la ciencia en letra impresa. “¿Dónde ha encontrado todo esto?, ¿por qué los historiadores de la ciencia no lo habían escrito antes?”, preguntó Dorotea Barnés a la investigadora que le estaba mostrando por escrito su trayectoria científica. “Pues he mirado en los mismos documentos que ellos, pero seguramente con otros ojos”, fue la contestación de la investigadora. Para ampliar el campo de preguntas y respuestas, quedan aún tareas pendientes: mirar desde otro paradigma, rescatar e integrar la memoria de la ciencia española en el exilio, divulgarla. Y hacer confluir los reconocimientos: los del pasado y los del presente, los de los hombres y los de las mujeres.

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Carmen Magallón es doctora en Físicas y directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.