Premura

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Nos lo sirven a las mujeres en bandeja desde pequeñas con moralinas infumables: sé recatada, no lleves ropa demasiado corta, demasiado estrecha, eso es provocar. La mujer suma en esta forma de razonamiento probabilidades de agresión sexual desde que prácticamente nace, así lo ve aún una parte de la sociedad y algún juez de viaje por el medievo, incapaz de acertar a pensar que el responsable de la agresión es el que la comete.

A María del Carmen se le cumplieron los temores que acumula una madre cuando mandó a su hija a por pan y un vecino decidió violarla. La niña tenía 13 años, identificó al agresor, un hombre del pueblo de toda la vida. Dudaron de la víctima a pesar de su edad, tuvo hasta que cambiar de colegio, hasta que la ciencia llegó a su rescate. Al violador le detuvieron y condenaron. En su segundo permiso penitenciario decidió hablar a la madre. Le preguntó por la hija. La madre había tenido tiempo de larvar su dolor y se rompió por dentro: le quemó con gasolina y las heridas le mataron.

Al mismo tiempo que escribo estas líneas Gallardón está de promoción: publicita una medida que consistirá en la vigilancia en los permisos de los delincuentes condenados por maltrato. Mala suerte para la vecina de Benejúzar. Si la medida hubiese estado entonces en vigor y también hubiese sido este criterio -el del alejamiento- aplicable a delincuentes sexuales quizá nada de esto hubiese ocurrido. Aun así el Consejo de Ministros rechaza el indulto parcial que se pide para la mujer que diagnosticada en la sanidad pública de una enfermedad mental no transitoria, ya no es peligrosa ni para sí misma ni para los demás. Ha de garantizársele el tratamiento adecuado. La Audiencia Provincial ha denegado su petición de paralizar el encarcelamiento hasta que el Tribunal Supremo resuelva el recurso contra la decisión de denegar el indulto. Al menos para mí, resulta incomprensible esta premura.

Tenemos tantos ejemplos vergonzosos de indulto, tantos y tan variados: banqueros, militares, kamikazes… un compendio de amistades y afinidades que aflora con absoluta tranquilidad en el BOE de cuando en cuando y que sin la motivación que caracteriza a una sentencia hacen prevalecer la opinión del ejecutivo sobre el poder judicial. Piden ahora el ingreso de la madre en prisión, en una especie de vuelta a los principios pétreos de un derecho atávico. Que pague, leo en los comentarios; yo hubiese hecho lo mismo, dice otro. Nos queda solamente hacer una reflexión ¿garantiza el ingreso en prisión el cumplimiento del artículo 25.2 de la Constitución? En él se dice que «Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia reeducación y reinserción social». ¿Qué hará la cárcel por María del Carmen? Las perspectivas reales de esta mujer al ingresar en prisión son pésimas. Enferma y lejos de su entorno, de su hija, tiene por delante una estancia en régimen de privación de libertad, si no en el psiquiátrico penitenciario.

Remontándonos a la fecha de los primeros hechos (1998), ha tenido que soportar un proceso tan largo como doloroso, del que muy probablemente nunca sanará. Habrá quien piense que no ha sido demasiado castigo y se sienta más seguro con esta mujer entre rejas invocando la legalidad. Seguramente también será tratada con cierto respeto por las otras internas, pero ese ingreso inminente ya no es esencia de Derecho Penal ni de política criminal, es un concentrado de burocracia aséptico que como sociedad nos califica. No seremos más demócratas tras unas noches de esa madre en prisión. No habremos conseguido nada, salvo que empeore de sus padecimientos. Total, para nada.