¿Quién sale ganando con la disputa transgénero?

Autoría: Soledad Murillo de la Vega - publico.es
Soledad Murillo de la Vega – Profesora de la Universidad de Salamanca y exsecretaria de Estado de Igualdad

Aunque es un tema desconocido para la mayoría de la población, resulta oportuno plantearlo por las consecuencias que entraña. Se trata de algunos contenidos de la Ley de Libertad Sexual presentada por el Ministerio de Igualdad, una ley absolutamente necesaria porque aborda aspectos urgentes, como definir el consentimiento o, por citar otro aspecto, entre todos sus aciertos, la modificación de artículos del código penal, por aumentar la condena de los delitos de agresión sexual y abuso sexual, reclamado por el movimiento feminista desde las violaciones en grupo. El problema es que incluye otras expresiones que resultan graves, por los enormes cambios que implican:

  1. En su Exposición de Motivos, que son las tarjetas de presentación de todas las leyes, se menciona la identidad o expresión de género. Esto implica que el género deja de ser una realidad ajena al individuo, parece que nada tuviera que ver las expectativas que la sociedad, a través de severas convenciones sociales, impone a hombres y mujeres, sobre sus comportamientos, afectivos, sexuales, tanto en la esfera pública como privada. El género se erige en una identidad asumida en función del deseo personal, lo que se denomina género fluido. De esta manera, cada persona se mostrará ante los demás con el género que se sienta más reconocida, al margen de cualquier certificación.
  2. El término persona es sometido a una nueva clasificación basada en tres grandes grupos: Aquellas personas cuyo sexo registral, determinado erróneamente por no coincidir con su identidad sexual (las personas trans); las personas cuya expresión de género está considerada fuera de la norma social. Y en tercer lugar, aquellas personas cuyo sexo registral coincide con su identidad sexual, denominadas personas cisexuales. En esta lógica, el concepto «persona» gana la partida y deberá sustituir al de «mujer». De ahí la deriva apelando una neutralidad insultante: persona gestante, persona que menstrua.

Estas clasificaciones se presentan cómo un mero asunto de pronombres, por lo tanto son fáciles de asumir aunque se reconoce que no siempre gusta semánticamente. Es cuestión de acostumbrarse, porque la hazaña radica en superar las categorías binarias, femenino/masculino, para apelar al nuevo modelo de inclusividad: todEs.

Para culminar esta tarea con éxito, hemos de olvidarnos que el lenguaje construye, no solo cognitivamente, sino la percepción que tenemos de la realidad. Las mujeres llevamos años demandando que el masculino no constituya el referente universal a la hora de nombrar. Sin embargo, los efectos son nocivos y, añado, profundamente conservadores:

  1. Si el género se muta en identidad, se convierte en una decisión individual de cómo una persona quiere expresarse, ante lo cual ¿de qué sirve legislar contra la Violencia de Género, la cual incluye todo tipo de violencias ejercidas a las mujeres, por el hecho de ser mujer? Si el concepto mujer no representa a las 3.811 millones de mujeres que según datos de la ONU hay en el mundo, los gobiernos dejarán de estar comprometidos en el desarrollo de  políticas de igualdad entre mujeres y hombres.
  2. Si las mujeres dejan de ser denominadas como tales, para asumir la definición de personas cisexuales ¿Quién celebrará la disolución del término mujer? Solo señalar dos beneficiarios inmediatos. Primero, todos aquellos países que no han suscrito el Convenio de Estambul, un tratado del Consejo de Europa sobre la violencia sexual, con sus múltiples formas específicas. Segundo, la mayoría de los gobiernos, como comprobé en Naciones Unidas, en su última sesión de la CSW (Condición Jurídica y Social de las Mujeres), que regula todas las políticas en el mundo, en la cual los gobiernos europeos, asiáticos, africanos, latinoamericanos, preferían referirse a la violencia familiar, porque de mencionar el género, sería para acreditar la ideología de género, palabra de origen eclesiástico que ha dado tan buenos rendimientos a los países conservadores acusando, porque identificaba feminismo con una ideología sin fundamento material.
  3. Negando a las mujeres, y denominándolas cisexuales, se desacredita el movimiento feminista como movimiento de emancipación política. ¿Se imaginan semejante operación lingüística con el movimiento obrero, ecologista, o antisemita? No se preocupen, nunca sucede. El problema es que cualquier resistencia mostrada por teóricas, o activistas, del movimiento feminista ante los intentos de disolución del mismo, tendrá asegurada la acusación de transfóbica, o más terrible aún, de igualitarista.

Las mujeres transexuales son mujeres. Del movimiento LGTBI, quienes sufren más severas discriminaciones son las personas incluidas en la T. El movimiento feminista ha celebrado la conquista del matrimonio igualitario, en la conquista de los mismos derechos que las personas heterosexuales. Es más, el feminismo ha luchado contra toda predeterminación biológica. En contra de la biología para elegir la orientación sexual. No era el destino biológico lo que decidía la maternidad; todo lo contrario, se vindicaba el derecho a no serlo. Pero nunca, en ningún caso, el término homosexualidad ha necesitado borrar la heterosexualidad para lograr derechos jurídicos. Convivíamos con la diversidad sexual y fuimos -y somos- aliadas de todo activismo antidiscriminatorio.

El género no es una identidad individual que se elije en función de cuán insoportable te resulte el asignado; porque de creerlo sería el máximo ejemplo neoliberal, donde se ensalza el individualismo más exacerbado, elije tu género. Estoy convencida que Susan Faludi nunca hubiera imaginado cuando escribió Reacción, que una minúscula minoría pretendiera tratar con desdén a la mayoría de la población -y a sus logros-  y menos aún, que mujeres luchadoras no percibieran la posición reaccionaria que encierra semejante estrategia de asimilación colonialista.