¿Quién teme a las mujeres?

Autoría: Isabel Morant - El País

Como se viene diciendo, tal vez seamos las mujeres las que, en los últimos treinta años, hemos visto -y protagonizado- en nuestras propias vidas los cambios más profundos que se han dado en nuestro país. Sin embargo, las luces que ahora nos favorecen, sobre todo a las mujeres más jóvenes, no deben ocultarnos las sombras que aún persisten, las cuales, por otro lado, podrían alargarse en estos tiempos difíciles, en los que los derechos adquiridos parecen más frágiles. Por nuestra parte, los universitarios tendemos a representarnos como un colectivo particular, en donde determinados valores, de libertad, igualdad y solidaridad, se respetarían con mayor facilidad que en otros ámbitos sociales. En nuestra Universitat de València, sin embargo, existen patentes desigualdades que afectarían de manera negativa a las mujeres, las cuales, aun cuando son iguales -o más- en número que los hombres, ocupan menos cátedras, menos decanatos, menos jefaturas de servicio, etc.. Así, por ejemplo, se pone de manifiesto en las últimas elecciones a Claustro, en donde el porcentaje de mujeres elegidas no guarda proporción con el número de profesoras del centro. Entre el personal de Administración y Servicios, donde las mujeres constituyen el 60% de la plantilla, su representación en claustro es del 46,6 % y, entre los estudiantes, sorprende la mayor proporción de hombres en las listas presentadas por los distintos colectivos: sólo el 28,3 % de los elegidos son mujeres. Los números, por otro lado, demuestran que esta tendencia se va corrigiendo con una gran lentitud.

Con todo, en nuestra Universitat se comprenden mal las políticas de igualdad que pretenden corregir determinados desajustes. Sólo recientemente se ha logrado aprobar un Primer Plan de Igualdad, el cual, dicho sea de paso, ha sido recibido con frialdad y están por ver los esfuerzos que se despliegan para que las medidas que se contemplan en el mismo no sean papel mojado.

En estos días, sin embargo, en la Universitat y fuera de ella, se ha hablado con insistencia del hecho de que por primera vez haya un candidato mujer al rectorado. La cuestión no es nueva, cada vez que una mujer aparece por primera vez en una escena que parecía reservada a los hombres se desatan los comentarios impertinentes en muchos casos. Así, una vez más, hemos podido oír las quejas de los que se indignan ante la posibilidad -que suponen- de que se vote a las mujeres por el hecho de serlo. ¿No iréis a votar a fulanita porque es mujer?, habrá que fijarse en sus méritos, nos dicen. Sin embargo, estos mismos no parecen percatarse de que cuando una mujer llega arriba suele tener ya muchos méritos. Tampoco se le ocurriría recalcar que hay que mirar bien los méritos de los hombres que se propongan. ¿Por qué será? ¿Por qué cuesta tanto eliminar las sospechas? Cuán distintas podrían haber sido las cosas si, en lugar de alimentar la indiferencia o la negación del problema buscando las razones de la desigualdad en el pasado, se hubieran hecho algunos esfuerzos más para propiciar la visibilidad y el reconocimiento de las y los mejores -mujeres y hombres- , reconociendo, si cabe, que somos las mujeres una competencia ineludible que pide paso para situarse en los lugares que en otros tiempos hubieran ocupado, en exclusiva, los hombres. Pero para esto, ciertamente, más generosidad, honestidad y reivindicaciones fuertes.

En estos días, hemos oído también los entusiasmos renovados de los que se apuntan a la novedad. ¡Por fin una mujer candidata! Bien está que haya una mujer candidata. Otra cosa no sería normal (aunque, de no mediar tantas fuerzas retardatarias sería normal que hubiera más de una candidata). No cabe duda de que la presencia de mujeres como candidatas tiene un significado simbólico importante. Pero la experiencia nos ha enseñado la fragilidad de los símbolos cuando no se quiere ir más lejos, cuando no van acompañados de políticas de igualdad continuadas y eficaces. Lo que de verdad ayudaría a conseguir mayor equilibrio y progreso en las relaciones entre mujeres y hombres serían los cambios del pensamiento y de las actitudes y, por supuesto, el apoyo a las políticas de Igualdad que venimos proponiendo. Para todo ello se necesita el concurso de todos, mujeres y hombres. ¿Por qué habría que excluir a los hombres de la tarea y la responsabilidad de trabajar por la igualdad y por un mejor reparto de los deberes y de los derechos entre mujeres y hombres? No sería bueno hacerlo. Las próximas elecciones al rectorado de la Universitat de València, por otro lado, son una nueva oportunidad para avanzar. Veremos lo que se nos plantea en el terreno de la Igualdad, entre otros.

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Isabel Morant es profesora de Historia de la Universitat de Valencia.