Siria/Serbia

En los días orwellianos de 1999 Serbia era volada por volar Kosovo, oficialmente una parte de Serbia. Entonces una puede ver cómo la Serbia de 1990 se ofrece como modelo para una intervención militar en Siria.

Escribí un diario en el intento de dar un sentido a la situación, cuando los ciudadanos de Serbia estaban viviendo la represión interna del régimen de Milosevic. La comunidad internacional estaba de acuerdo en el aislamiento y las sanciones a Serbia, mientras que los empresarios globales se aprovechaban de los desórdenes vendiéndonos gasolina en el mercado negro, cigarrillos y armas. Yo era una de las traidoras de nuestro patriótico ejército, pero también era un objetivo legítimo de los aviones de la OTAN quienes, después de todo, planeaban derrocar al régimen haciendo la vida imposible a la población.

Esta rígida combinación de guerra civil, represión y sanciones había llevado a la gente de Serbia de vuelta a esa condición medieval otomana que una vez compartieron con Siria. Significaba falta de medicinas, ausencia de calefacción, apagones, puentes destrozados y escasez de alimentos. Y, por supuesto, los 78 días de bombas cayendo en picado trajeron colosales explosiones que sacudieron la médula de los huesos de todo ser con esqueleto. Incluso los animales del zoológico fueron conmocionados por los temblores de tierra y los estampidos sónicos de los aviones de combate. En estas condiciones enloquecedoras, la población rehén odiaba a su dictador, sus amigos, sus enemigos, a sí mismos, a todo el mundo.

Personalmente, entendía por qué estábamos siendo bombardeados y, políticamente hablando, no podía argumentar en contra. Era un objetivo, junto con mis ancianos padres y mis hijos adolescentes, pero esperaba que la lluvia de bombas terminase con años interminables de formas más sutiles de castigo. A pesar de esas esperanzas y esa comprensión, el miedo se apoderó de mi mente cuando sonaron las primeras sirenas y los aviones de guerra de la OTAN aparecieron en nuestro cielo.

Después de decir esto, debo admitir que la orientación del bombardeo fue precisa y se dirigió a la infraestructura. Tan pocos fueron los civiles muertos que el cínico término “daños colaterales” tenía cierto sentido. Mis primeros miedos horribles se mostraron peores que las aburridas siguientes semanas de vida real bajo las condiciones de bombardeo. Cuando finalmente terminó, estaba aliviada porque la mayoría de nosotros había sobrevivido, y me sentí preparada para felicitar a todos y cada uno de los que seguían en pie, a todas las fuerzas de la OTAN, al ejército serbio y a los desertores, a los albaneses en Kosovo, ¡a todos menos a nuestro régimen que todavía no había sido derribado!

Fui una de las primeras testigos de la guerra que eligieron escribir en internet. Ingenuamente creí que quizás mi diario electrónico de alta tecnología a través de internet, que se expandía ampliamente en listas de emails, podría convertirse en un instrumento útil para aquellas personas de buena voluntad que cometieron grandes errores militares.

Pero Internet se hizo mayor mientras los errores militares son siempre jóvenes: diarios, guerras, noticias de twitter, posts en facebook y bombardeos…. y nada cambió mucho. Hoy en día, cuando miro atrás a esos tiempos de los 90, recordando esos heroicos e incluso románticos días de solidaridad y activismo cuando estábamos luchando por la verdad y la justicia, el cuadro general se torna más amargo.

Los pacifistas fueron ignorados, y las victimas escondidas debajo de la alfombra. Nadie recuerda ni honra a los muertos colaterales: incluso yo misma intento olvidar que mi madre murió, como muchas otras, debido a las sanciones despiadadas y la falta de antibióticos! Mi hija creció temiendo por su vida, muchos hombres jóvenes que conocía personalmente fueron asesinados o se convirtieron en asesinos.

Pero cuando no estamos en el nivel cero del nuevo desorden global, nos olvidamos de él, y fallamos en darnos cuenta de que no ha terminado, sólo se ha movido a otro lugar. Los Balcanes ayer, Siria hoy. El éxodo de refugiados, el grito de los pacifistas, las advertencias de los historiadores, la explosiva cobertura mediática de las zonas en guerra, viajan a la deriva a través del paisaje global incesantemente. El mundo no aprende nada de nuestras experiencias locales anteriores; ni siquiera aprendemos cómo terminar más rápido con las guerras y sobrevivir a ellas más fácilmente. Nuestros medios electrónicos nos han enseñado tan poco que casi no hay diferencia en el número de muertos.

A veces la masacre cruza una línea que las grandes potencias encuentran insoportable: en Serbia fueron el genocidio de Srebrenica y la limpieza étnica de Kosovo, en Siria son las armas químicas, pero la única gran diferencia es la cuestión del equipamiento. La intervención se produce cuando la comunidad internacional se ve obligada a enfrentarse a su propia ignorancia e impotencia y su miedo de ser arrastrada en el fango en vez de limitarse a financiarlo.

Activistas de todo el mundo, aquellos que sufren el síntoma de ansiedad flotante de los partes interesadas, sin un camino visible de éxito, darían sus propias vidas para salvar a los inocentes niños sirios. A Siria no le faltan martires que ofrecen sus vidas. Las personas con el sentido de la decencia ofendida se estremecerán en escenas de guerra y cambiarán  el canal de TV: ¡mejor ellos que nosotros! Sin embargo, el temor, el miedo y la muerte son constantes de la escena mundial actual. Cuando llegue la catástrofe, será sin fronteras y totalmente moderna, no será “suya” o “nuestra”.